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El vagabundo, el explorador y la viajera

Victoria Cáceres

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El vagabundo viaja desde que se le acabó la vida de oficina y descubrió que
no hay paredes en un planisferio.

El explorador es tan joven que saca fotos y filma cada microdetalle de la
ciudad de Shanghái, su bautismo de fuego en el mundo sin padres.

La viajera desea que esta aventura no acabe nunca y no tenga que volver
nunca a su hogar.

Corretean por la ciudad donde ninguno es local, territorio de nadie. En la
noche húmeda del falso otoño, buscan el más turbio de los bares para hablar de lo
que no osan expresar bajo la luz certera.

Esta vez, es un diminuto restaurant chino donde los dueños acaban de
devorar su cena, los huesitos pelados aún apilados sobre la mesa redonda. Con
una sonrisa y un gesto ágil, los invitan a sentarse, traen ante ellos distintos objetos
ante los que decir sí o no. Finalmente, las botellas de cerveza tibia, como la noche
que atraviesan, como el abrazo que buscan en el fondo del vidrio verde.

Tras el golpeteo de los vasos al entrechocarse en un torpe brindis, le dan permiso al cansancio del día, y los tres relajan el cuerpo, la postura, los gestos debidamente amables, para dar paso al rostro que les pertenece, que portan cuando casi nadie mira.

Los chinos ya volvieron a su intimidad de hogar, despejan la mesa grande
sin separar los ojos de la pantalla de TV, se preparan para jugar a las cartas.

El juego de los tres visitantes es similar. Apuestan a quién está más triste,
más olvidado, más necesitado de obtener la visa para salir del Purgatorio que
habita dentro de ellos. Como siempre, desde que se conocen, insertan escalones
en las palabras hasta que se juntan en un puente, el puente no es un puente sino
un camino en la llanura con muchas direcciones y ningún cartel. Tras el esfuerzo
del ritual, sobreviene el silencio, las miradas se dan por vencidas antes que el
alma, y por fin, la risa de la falsa miseria compartida habilita un nuevo brindis.

Irremisiblemente hermanados por las palabras atascadas, el recuento
insoslayable del pasado y el miedo desenfadado al futuro, los tres acuerdan en un
guiño hacia el mundo exterior, que en este momento no los observa.

Mucho más tarde, piden otra ronda, los chinos aletargados en su juego, la
televisión monologando indefinidamente.

Edição 3

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