
Boca de ortigas
Paloma Vega Centeno

A la atención de las fuerzas del génesis:
El apoyo viene de oídas. Sana a quienes tienen alas torpes, luceros y narices que olisquean buscando la aurora. Os preguntaréis: ¿cómo volver al verde medianoche, generador de sueños, sombra de planetas, a nuestros orígenes? o ¿cómo mutar, emprender el vuelo libre?
La Tierra no resiste —no, no— marejadas calientes y corrientes frías, corrientes que segregan, paletas sin color, ballenas sangrantes y provecho a partir de aletas dorsales. Una vez más, ¿cómo escalar cañones, esquivar la producción? ¿Cómo devolver caballos y crines a los cielos, recuperar el paso, el trote y sus relinchos vibrantes, piedad en barbecho entre caminos relucientes? En fin, ¿cómo rebrotar, ser una ortiga que despunta un cuarto creciente, en un desierto radioactivo? O tal vez ser una estrella fugaz, la culebrilla que destruye el plomo y el asfalto.
Os diré cómo: juntad las manos y escuchad, trenzad arterias, aspirad, bebed del polen, palabra y experiencia de otres. Es tiempo de caminar, por si el apoyo solo viene de oídas, por si los ogros matan y vierten y comen y ríen y sus babas nos salpican; si eso ocurre, sabed: pequeñas victorias siguen siendo revolución.
Y además…
Y además la cuestión de obra y omisión:
Es una lata el trabajar, pero más que no te dejen hacerlo y los gigantes favorezcan el sesgo de las máquinas; máquinas que secan ciudades enteras para construir castillos bizarros en terrenos áridos y fabricar casquillos que apuntan directamente a los niños en la sien. Somos miniaturas a sus ojos y, a la vez, no lo seremos cuando mastiquen cristales escondidos en cáscaras de nuez, y pisen planchas de metal con sus sandalias.
Os digo a vosotros, ¿me oís?
Obligados os veréis a descarrilar y amorraros a fuentes
de las que no caiga
ni una sola
gota.
Se os olvidó lavaros la lengua por la que siseáis y saliváis, ¿cierto?
Pues no queráis otra cosa, materia distinta a malas hierbas en vuestras parcelas de aceite, estiércol y gravilla. Os deseamos arenques podridos y paredes con amianto.
Las mujeres también odiamos, sí. Primero, nos obligasteis a odiarnos entre nosotras; luego, instaurasteis categorías de predilectas y las nombrasteis quién es mejor que quién es mejor que quién, o es lícito pisar a otras mujeres y cuerpos, o qué es mujer y quién se ajusta a mi nomenclatura. Y ahora, ¿qué? Agarraos la solapa del traje. Consecuencia inevitable: gritos, ladridos y garras. Por mucho que puláis el engaño
no escucharéis
esas frases
de nuestras bocas.