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Escapismo

Rocío Ravera

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Cuando era niño, las tardes de verano me parecían interminables. Todo quedaba en suspenso, en un lento sopor. Los únicos sonidos eran el ladrido lejano de un perro, el canto de los pájaros, y muy ocasionalmente el pasaje de un auto por la calles desiertas. Ese era mi mundo a la hora de la siesta.

Ninguno de los niños del barrio salía a la calle, siendo la veda hasta las cuatro de la
tarde. Muy de vez en cuando, y no sabemos por que extraño arreglo entre nuestras madres, a
Lucía y a mí nos dejaban jugar juntos en mi patio, siempre y cuando no hiciéramos ruido.

El fondo de mi casa era como cualquier fondo de las casas del pueblo.


Una parra, un poco de pasto por acá, una higuera, un limonero viejo por allá, y una
pequeña quinta con espinacas y acelgas. Las flores, casi ausentes, como si el criterio del
jardinero parecía haber sido el de conservar sólo aquellas que tuvieran algo más que una
función puramente estética: glicinas y Santa Rita sobre la pérgola, dando sombra a la hamaca de jardín.

Nuestro juego preferido era la magia. Solíamos pasar horas practicando. Yo era
simplemente un asistente de Lucía, la maga principal. Nuestro ídolo era Houdini, el gran
escapista. Mi mejor amiga y vecina tenía la teoría de que Houdini no había muerto, sino que
se había escapado a otra realidad en su último y más increíble truco de magia.

La última vez que vi a Lucía estaba armando sus maletas para irse de vacaciones a la
playa. Me parecieron un poco extrañas estas vacaciones sorpresivas, pero últimamente había cambiado mucho sus costumbres. La sentí ausente, tan ensimismada, que no había espacio en su ser más que para ella y para su última obsesión.

Esto no era una novedad, porque todos sus amigos sabemos que ella era adicta a los
hobbies demandantes. Cuando se entusiasmaba con un proyecto, parecía que se le iba la vida en ello. Generalmente todo su fervor venía acompañado por lamentos y auto recriminaciones por no haber descubierto antes el taichí, el origami, etc. Y siempre sentía que el tiempo no era suficiente, que Dios o el Universo habían actuado injustamente por no haberle mostrado antes los caminos de su hobby.

No me pidan que la juzgue, yo solo quiero dejar constancia de lo que pasó. Sé que
algunos de ustedes están esperando que diga algo secreto, morboso, horrible sobre mi amiga, pero en realidad no hubo nada de eso.

Es tan simple como recordar que cuando se vive algo con intensidad, lo único que ves
es tu pasión, como un renglón resaltado en fluorescente en tus apuntes.

Lucía, normalmente apática, se movía como en torpes zancadas de acuerdo a intereses
que generalmente tenían menos vida que una mariposa. Pero este hobby había persistido en el tiempo más que los otros.

 

Hacía poco más de un año que se había apasionado por el estudio de ciertos libros de
metafísica. Según mi amiga, su psicóloga estaba muy satisfecha, porque pensaba que de
alguna manera ella había encontrado en estos estudios un interés genuino y vital que la iba a
ayudar a expresar su interioridad y a salir un poco del caparazón de su timidez casi
patológica.

Al principio me alegré, pero luego las cosas empezaron a cambiar paulatinamente.
Ella, que era poco dada a salir, empezó a cancelar totalmente sus salidas, con la excusa de
que debía dedicar tiempo a su nuevo hobby.

Empezó a teorizar sobre la escritura como forma de elevación del espíritu. Decía que
otras personas llegaban a la energía última, a la conexión con el Creador a través de distintos
caminos, y que el suyo era a través de la escritura.

A excepción del trabajo, prácticamente no hacía nada más que escribir. Con furia,
compulsivamente. Llegó a olvidarse de comer, dormir, bañarse.

Es por eso que sospeché que había algo raro con lo de las vacaciones en la playa.

Cuando llegó el día del reintegro y no apareció en la oficina, no pude aguantarme y
salí volando en taxi hacia su casa. No respondía al timbre ni a los golpes en la puerta. La
llave de emergencia, que siempre guarda debajo de la maceta en la entrada, había
desaparecido.

Llamé a la policía, que tuvo que forzar la cerradura y romper la cadena ya que estaba
puesta la tranca por dentro.

Era una tarde de otoño bastante fresca, y entré aspirando el aire por si había una fuga
de gas, pero no había nada de olor.

Cuando entramos en la casa, descubrimos que había estado gran parte de su licencia
allí mismo. Las maletas vacías descansaban junto a la puerta.

En el balcón interior, donde había improvisado su escritorio, el aroma a jazmín de una
vela aromática totalmente consumida. Sus cuadernos y anotaciones esparcidos sobre la mesa junto con una taza de café frío.

Transcribo sus últimas palabras escritas: “Creo que he llegado a encontrar el punto de
inflexión. Ya no hay retorno”.

Nunca supimos qué pasó con ella. Sospechamos lo peor, pero nunca encontramos
evidencia de su muerte, ni de que seguía con vida.

Sigo esperando que, como el maravilloso Houdini, haga su regreso triunfal luego de
sus maravillosos trucos escapistas.

Número 3

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